Nos adentramos en el primer cuarto de siglo. La sociedad vuela y la educación, acompasada, camina a la misma velocidad. Charlamos para esta primera entrevista del año con Anabel Valera, especialista en liderazgo y dirección educativa. Valera nos señala cuál es , hoy, el principal hito/reto al que se enfrenta el sector educativo: aprender a aprender; saber discernir lo importante de lo que no lo es. Y, sobretodo, fomentar un pensamiento crítico entre los alumnos: que sepan por sí mismos diferenciar lo relevante de lo que no lo es.
En un mundo tan cambiante donde lo que hoy podamos señalar puede perder su valor en un plazo corto de apenas 5 o 6 años, ¿cuáles son los retos que debe afrontar un docente para conseguir no sólo mejores resultados académicos, sino también un clima de concordia en el aula?
El reto más importante es la capacidad de adaptación, que implica el trabajo de una de las funciones ejecutivas más importantes: la flexibilidad cognitiva, cuyo entrenamiento es fundamental. Vivimos en un contexto en el que la innovación tecnológica, los cambios sociales y las nuevas necesidades del alumnado marcan la agenda. Para conseguir mejores resultados académicos, el docente debe enfocarse en personalizar el aprendizaje, identificando las fortalezas y áreas de mejora de cada alumno y alumna, pero sin perder de vista el bienestar emocional y social del grupo.
En cuanto al clima de concordia, resulta esencial trabajar competencias emocionales tanto en los docentes como en el alumnado. La gestión de conflictos, la empatía y el respeto deben ser parte del currículum implícito.
Por último, el docente debe aprender a liderar desde el ejemplo, promoviendo un entorno inclusivo donde cada estudiante sienta que pertenece y puede desarrollarse plenamente, aspecto que he subrayado con insistencia en mi libro “Mi líder soy yo”, de la Editorial Pirámide.
Se habla -mucho- de habilidades blandas. ¿Cuál sería la que todo alumno debería potenciar (tanto para su futuro académico como en el plano personal)?
La habilidad más relevante es la capacidad de aprender a aprender. En un mundo donde el conocimiento queda rápidamente obsoleto, saber identificar qué se necesita aprender, cómo buscar información de calidad, y cómo aplicarla es crucial. Los estudiantes de hoy se enfrentan a un entorno en el que los cambios tecnológicos, sociales y laborales suceden a una velocidad vertiginosa, lo que demanda una mentalidad de aprendizaje continuo. Esta habilidad no solo implica adquirir información, sino también desarrollarse como aprendices autónomos, con la capacidad de autoevaluarse y adaptarse a los nuevos desafíos que surgen constantemente.
Pero esta capacidad está profundamente ligada al desarrollo del pensamiento crítico. Aprender a aprender requiere cuestionar la información disponible, analizar diferentes perspectivas y evaluar su validez antes de aceptarla. La sobreabundancia de información en la era digital hace que esta competencia sea más necesaria que nunca. Los alumnos deben aprender a discernir entre lo relevante y lo irrelevante, lo verdadero y lo falso, y a desarrollar opiniones fundamentadas. Esto les permite no solo consumir conocimiento, sino producir ideas y soluciones creativas.
Además, el pensamiento crítico promueve habilidades como la resolución de problemas, la argumentación y la toma de decisiones informadas. Estas destrezas son fundamentales tanto para el desempeño académico como para la vida cotidiana, donde enfrentan problemas complejos y ambiguos que requieren análisis y juicio.
Por último, la combinación entre aprender a aprender y el pensamiento crítico fomenta la autonomía, una cualidad clave para afrontar un futuro incierto. Los estudiantes no solo acumulan conocimientos, sino que desarrollan la confianza para explorar, cuestionar y crear por sí mismos. De este modo, se preparan no solo para adaptarse al cambio, sino también para liderarlo con responsabilidad y perspectiva.
El sector educativo está en clara retirada de dispositivos electrónicos en el aula (Australia incluso prohibirá que los menores de 16 años dispongan de acceso a redes sociales). ¿Deberíamos volver sólo al lápiz y papel o podrían convivir perfectamente tecnología analógica con digital?
No creo que debamos elegir entre lo analógico y lo digital; ambos enfoques pueden convivir y enriquecerse mutuamente. La clave está en un uso responsable y pedagógicamente justificado de la tecnología. No es cuestión de demonizar los dispositivos electrónicos, sino de enseñar a utilizarlos como herramientas para aprender y crear, no como elementos de distracción.
El lápiz y el papel tienen un valor indiscutible en el proceso de aprendizaje, especialmente para fomentar la escritura, la creatividad y la memoria. Sin embargo, privar a los estudiantes de las competencias digitales que necesitarán en su futuro sería un error.
¿Qué es lo peor -y lo mejor- que le puede suceder a un niño que invierta demasiadas horas en RRSS?
Lo peor es el impacto en su autoestima y su salud mental. El tiempo excesivo en redes sociales puede generar dependencia, comparación constante con ideales irreales, y un aumento de la ansiedad o la depresión. Además, reduce el tiempo dedicado a otras actividades esenciales, como el ejercicio, el sueño o la interacción social cara a cara.
Por otro lado, lo mejor que puede suceder es que utilice las redes para aprender, crear conexiones significativas y desarrollar competencias tecnológicas. Sin embargo, este beneficio solo es posible si hay una adecuada educación digital que incluya límites claros y un acompañamiento adulto, y sobre todo, poner a su disposición los dispositivos cuando alcancen la madurez adecuada.
Las consultas de psicólogos infantiles (y también a adolescentes) están viviendo un momento nunca visto. ¿Qué está pasando para que hoy los chavales precisen de ayuda externa a sus padres?
Estamos en una sociedad donde las presiones externas han aumentado: la hiperconectividad, la exigencia académica y social, y la falta de tiempo de calidad en familia son factores determinantes. Además, muchos niños y adolescentes no cuentan con las herramientas emocionales necesarias para gestionar estas tensiones, lo que los lleva a experimentar ansiedad, frustración y desconexión.
Por otro lado, los padres a menudo se sienten desbordados y necesitan apoyo para acompañar a sus hijos en este contexto tan complejo. Las redes sociales y el acceso ilimitado a información también influyen, exponiendo a los menores a contenidos que no siempre saben interpretar.
Ligado con la pregunta anterior, ¿deberíamos desde las escuelas enseñar a los niños a manejar sus emociones?
Absolutamente, sí. Enseñar a manejar las emociones debería ser un pilar fundamental en el currículum escolar. Los niños necesitan aprender a identificar lo que sienten, expresarlo de forma adecuada y gestionarlo de manera constructiva. En un mundo lleno de estímulos y exigencias, dotar a los estudiantes de herramientas emocionales les permitirá afrontar los retos personales, académicos y sociales con mayor equilibrio.
La educación emocional no solo mejora el bienestar individual, sino también la convivencia escolar. Los estudiantes emocionalmente competentes desarrollan una mayor capacidad de concentración, son más resilientes ante los fracasos y establecen relaciones más positivas y empáticas con sus compañeros y docentes. Además, esta formación contribuye a la prevención de conflictos, mejora el ambiente en las aulas y, a largo plazo, facilita el desarrollo de personas más equilibradas y seguras de sí mismas.
Sin embargo, la labor no puede recaer únicamente en las escuelas. Es imprescindible que las familias se involucren en este proceso, recibiendo formación y acompañamiento para aplicar la educación emocional también en el ámbito doméstico. Aquí es donde el enfoque de la disciplina positiva cobra especial relevancia. Esta metodología ofrece a los padres y madres herramientas prácticas para educar desde la conexión y el respeto, sin recurrir a castigos o autoritarismo, pero tampoco cediendo a la permisividad.
La disciplina positiva enseña a los niños a asumir responsabilidades, desarrollar la autodisciplina y comprender las consecuencias de sus acciones, todo ello en un ambiente que favorece la comunicación y el vínculo afectivo con los adultos. Cuando las familias y las escuelas trabajan de manera coordinada, se crea un entorno coherente donde los niños no solo reciben educación emocional, sino que la viven en su día a día.
Por lo tanto, no debemos subestimar el poder del trabajo conjunto entre escuela y familia para educar en emociones. La formación de los adultos es clave, ya que no podemos enseñar lo que no hemos aprendido previamente. Si logramos esto, estaremos sentando las bases para una sociedad más empática, respetuosa y preparada para afrontar los desafíos emocionales del futuro.
Leo recientemente que Cataluña, a pesar de ser una de las regiones más ricas de España, «suspenden» sus alumnos de 4º de Primaria en Matemáticas. Se habla ya del concepto de «resiliencia académica», como aquella mediante la cual quienes disponen de menor renta se esfuerzan más por obtener mejores notas (caso de Galicia, Asturias o Castilla y León). ¿Qué consecuencias tendrán los alumnos que, a pesar de enfrentarse a contextos adversos, logran alcanzar un rendimiento superior al promedio? ¿Cómo serán -presumiblemente- en un futuro esos alumnos catalanes y gallegos cuando cumplan 20 o 25 años?
Los alumnos que desarrollan resiliencia académica en contextos adversos tienden a ser más perseverantes, adaptables y enfocados en sus metas. Estas cualidades les permiten afrontar mejor los retos futuros, tanto en el ámbito personal como profesional.
Por otro lado, en regiones como Cataluña, el desafío no solo radica en mejorar las competencias matemáticas, sino también en garantizar que todos los alumnos, independientemente de su contexto socioeconómico, tengan acceso a recursos de calidad. Si no se trabaja para reducir las desigualdades dentro del sistema, existe el riesgo de que los estudiantes menos resilientes enfrenten mayores dificultades en el futuro.
¿Cuáles son los errores más comunes entre los docentes para captar la atención del alumno?
Uno de los errores más frecuentes es utilizar métodos de enseñanza poco participativos. Los estudiantes de hoy necesitan ser protagonistas de su aprendizaje. El exceso de teoría y la falta de conexión con situaciones reales y prácticas hacen que pierdan interés rápidamente. Otro error es no diversificar los métodos de enseñanza. No todos los estudiantes aprenden de la misma manera, y basarse únicamente en un enfoque puede dejar a muchos atrás.
Finalmente, descuidar la relación con el alumnado. Un docente que no conoce a sus estudiantes ni se interesa por sus intereses y necesidades tendrá dificultades para captar su atención. Y aquí volvemos a lo que comentábamos antes de la importancia de la disciplina positiva en las aulas, la cual se basa en el vínculo y la conexión con el alumno/a.
¿Cómo ha evolucionado la educación en los últimos 25 años?
La educación ha cambiado enormemente en los últimos 25 años, tanto en métodos como en enfoque. Antes predominaba una enseñanza tradicional, centrada en la memorización y la uniformidad. Hoy en día, el protagonismo recae en el estudiante y se apuesta por metodologías activas como el aprendizaje basado en proyectos, la gamificación o el aprendizaje cooperativo. También hemos visto avances significativos en la inclusión educativa, el uso de tecnologías en el aula y la integración de competencias transversales, como las emocionales o digitales. Sin embargo, algunos retos, como la evaluación o la formación continua del profesorado, siguen siendo puntos de mejora.
¿Consideras obsoleto el sistema educativo que tenemos en España? Es decir, ¿crees que responde a las necesidades actuales del siglo XX?
El sistema educativo español tiene elementos positivos, pero en general necesita una transformación profunda para responder a las demandas del siglo XXI. Sigue siendo demasiado rígido, con un currículum excesivamente cargado de contenidos teóricos y poco espacio para el desarrollo de competencias prácticas y transversales. Además, el sistema sigue evaluando principalmente desde un enfoque cuantitativo, lo que no refleja la verdadera diversidad de talentos y capacidades de los estudiantes. Es necesario avanzar hacia un modelo más flexible, centrado en el aprendizaje personalizado, la creatividad y la resolución de problemas.
En definitiva….
Agradecemos desde Singladura a Anabel Valera que comparta en exclusiva con nosotros toda su experiencia. Así, Anabel señala que es necesario contar con un profesorado motivado, formado y con recursos; algo esencial para liderar cualquier cambio significativo dentro de los centros educativos. Y para ello -también- es importante que se sientan cuidados, importantes, que pertenecen y contribuyen… siendo esta una labor del equipo directivo.
Esta entrevista refleja la esencia de nuestra misión en Singladura: poner la educación y al alumno y familias en el centro, explorando nuevas formas de espacios de aprendizaje y crecimiento. En Singladura, entendemos que un entorno de aprendizaje bien diseñado contribuye al bienestar y al éxito académico de los estudiantes. Ofrecemos mobiliario escolar que se adapta a las necesidades de alumnos y profesores, desde sillas ergonómicas hasta mesas versátiles, creando aulas cómodas y funcionales que facilitan el aprendizaje y una personalización del mismo.
Porque sabemos que un espacio educativo, bien equipado, puede marcar una gran diferencia en la calidad del aprendizaje. Estamos comprometidos en ofrecer soluciones de mobiliario que fomenten un entorno flexible y efectivo. Consulta nuestro catálogo en nuestra web, síguenos en redes sociales o escríbenos a info@singladura.net. ¡Estaremos encantados de ayudarte a mejorar el entorno educativo de tu centro!


