Si hay dos términos que en 2025 todo el mundo ha escuchado casi en cualquier contexto son Inteligencia y Artificial. Para aterrizar conceptos y contextualizarlo para el sector educativo hablamos en esta última entrevista de 2025 con César Mariel, ingeniero informático con más de 2 décadas de experiencia -fundador de Iristrace- y especializado en la digitalización de procesos. Mariel reflexiona sobre cómo podrá evolucionar -muy favorablemente- el sector educativo en el momento que automaticen procesos, tanto en la gestión meramente administrativa como -incluso, también- en la pedagógica. Y respecto al uso de la IA, a los docentes les manda un mensaje, claro y conciso: “Deben perder el miedo y subirse al tren que ya ha arrancado”.
Empecemos por la base: ¿Qué es, en qué consiste la automatización de procesos y cómo se podría aplicar al sector educativo para ganar en eficiencia?
La automatización de procesos, o RPA (Robotic Process Automation), consiste en identificar las tareas que realizamos de manera repetitiva, siguiendo siempre los mismos patrones, y delegarlas en un sistema para que se ejecuten sin intervención humana (o con la mínima posible). El objetivo principal es liberar al personal de estas labores mecánicas para que pueda dedicarse a tareas más valiosas.
En el sector educativo, esto se traduce en simplificar y eliminar el trabajo manual en procesos que se repiten año tras año: inscripciones y matrículas, gestión de facturación y cobros, recursos humanos, generación de documentación, búsqueda de subvenciones e incluso la calificación y el feedback a los alumnos. Si logramos que un agente robótico realice estas tareas, la productividad del centro aumenta drásticamente.

Sectores productivos como el retail o la automoción invierten en automatización de procesos y minería de datos para ser más eficientes, más productivos. ¿Por qué crees que el sector educativo ha desviado la atención y su inversión en tecnología, casi siempre, ha ido más de la mano del hardware que del software orientado a resultados?
Más que una desviación de atención, creo que es una cuestión de miedo. No todo el mundo digiere fácilmente la digitalización de procesos porque existe el temor de que la automatización suponga la desaparición de puestos de trabajo.
Sin embargo, mi experiencia demuestra lo contrario: las automatizaciones no eliminan empleos, sino que aportan mayor efectividad y precisión, permitiendo a las personas dedicarse a tareas de mayor valor. Es un miedo humano al cambio comprensible, pero ha frenado la adopción de software orientado a resultados frente a la inversión en hardware.
Planteemos un escenario hipotético: ¿Cómo podría evolucionar, desde el punto de vista administrativo y de gestión, que un Centro Escolar contara con este tipo de herramientas?
No estamos hablando solo de herramientas, sino también de un cambio de mentalidad (mindset). Evolucionar implica aprender a pensar en procesos y describirlos de la forma más sencilla posible para automatizarlos.
Desde el punto de vista administrativo, la evolución consistiría en eliminar las tareas aburridas y repetitivas que suelen hartar al personal, como picar datos manualmente de un DNI o de un papel en un sistema de gestión. El proceso debería ser semiautomático: el humano valida, pero no pierde tiempo al introducir datos. Esto permite que el personal administrativo se centre en funciones que realmente aporten valor.
¿Y cómo podría afectar al aspecto pedagógico que un colegio dispusiera de dichas herramientas?
Afectaría de manera muy positiva, devolviendo el protagonismo a la pedagogía. Al automatizar el procesamiento de datos y las tareas burocráticas, liberamos a los profesores para que tengan más tiempo para enseñar, preocuparse por sus alumnos y desarrollar una mayor empatía con ellos.
Lejos de estropear el aspecto pedagógico, estas herramientas les dan la libertad necesaria para ser mejores docentes, centrándose en las personas y no en los trámites.
¿Realmente los docentes conocen las herramientas hoy disponibles de Inteligencia Artificial?
No se puede generalizar; hay de todo. Tengo ejemplos cercanos, como un buen amigo en la educación pública, que está a la última, conoce todas las herramientas y las usa a diario para ser más productivo y aprender más. Pero también hay docentes que ni se lo han planteado o que lo ven con rechazo por miedo a ser reemplazados.
El problema de fondo es la falta de formación. No se ha invertido lo suficiente en capacitar a los profesores para utilizar la IA y prepararlos para la educación del futuro. Deben perder el miedo y «subirse al tren» que ya ha arrancado.
¿Deberían imponerse «límites» a los alumnos en el uso de la IA tanto en el aula como, en su casa, para el estudio?
Rotundamente no. Poner límites a la IA sería como haberle dicho a un alumno en el pasado que no tocara una enciclopedia ni usara Internet.
Lo que debemos hacer es formar al alumno para que la utilice de manera productiva: para aprender nuevos conceptos o idiomas, o para estudiar, tal y como veo que hacen mis propios hijos. La educación y la forma de memorizar deben cambiar; imponer límites es intentar frenar una herramienta que, bien usada, es un asistente de aprendizaje increíble.
¿Cómo habría que repensar los procesos de aprendizaje en la era de la IA?
Hay que replantear tanto la labor del docente como la del alumno. Por un lado, los profesores pueden usar la IA para resumir sus clases recién impartidas, identificar puntos de mejora y analizar cómo lograr que los alumnos aprendan más.
Por otro lado, el alumno puede transformar su estudio: subir documentos a una IA para «chatear» con el temario, hacer preguntas mientras realiza otras actividades o escuchar podcasts generados sobre los contenidos. En universidades de Guatemala, por ejemplo, ya están implementando estos cambios y los resultados son impresionantes.
¿Cómo se modificarán las actuales formas de evaluación del alumno a partir de ahora? Esto es, ¿se podría evaluar de manera positiva a los alumnos que sepan entrenar favorablemente una IA?
Sí, totalmente. La evaluación debe cambiar para valorar el uso de la herramienta, no su prohibición. Debemos examinar el prompt (la pregunta que hace el alumno), su razonamiento para llegar a la solución y, sobre todo, su capacidad crítica para no creerse la primera respuesta que le proporcione la IA.
El enfoque debe ser «actitud versus aptitud». La aptitud técnica la conseguirán gracias a saber preguntar y usar la IA; lo que debemos evaluar es esa actitud crítica y la capacidad de razonamiento.
Se dice que la tecnología diseña relaciones más frías con los humanos. Sin embargo, ¿no cree que los colegios que la integren de forma ética y planificada se convertirán en espacios de aprendizaje más humanos?
No creo que la tecnología enfríe las relaciones. Al contrario, herramientas como Khan Academy o similares permiten al profesor ver, a través de los datos, qué alumno se ha quedado atascado y necesita ayuda personalizada, mientras que aquellos con mayores habilidades pueden seguir avanzando con contenido adaptado.
Esto permite al docente dedicar su tiempo de calidad a quien más lo necesita, humanizando el trato y personalizando la educación. La tecnología nos ayuda a centrar la atención donde realmente importa.
Todo (y todos) apuntan a que es una revolución que de ningún modo se puede dejar escapar. ¿Qué consecuencias tendría si se mirara para otro lado (dejándose escapar esta oportunidad que se nos presenta)?
Mirar para otro lado es un error gravísimo. Sería como querer seguir escribiendo documentos con máquina de escribir hoy en día.
He visto instituciones que se posicionan con orgullo como «libres de IA» y me parece un mensaje muy negativo. Si yo tuviera que elegir una universidad para mis hijos, no elegiría una que les niegue la realidad del futuro. La consecuencia de ignorar esta revolución es que formaremos estudiantes que no estarán preparados para el mundo real que les espera. No podemos dejar escapar esta oportunidad porque es una evolución que ya está aquí y ha venido muy rápido.
Entrevista realizada por Santiago Carro para el blog de Singladura.


